Yctarán de Sarik

Guerrero humano, reencarnación del General Thadeus Danlor

Description:

No muy alto, alrededor de 1.70m. Fuerte y rápido. Edad inicial: 17 años.

Aire de ser “algo demasiado joven”. Imagen habitual: pensativo, mesándose el pelo castaño, liso y crecido, sin llegar a ser una melena.

Suele hacer gestos de protección de varios dioses antes de una situación comprometida. Es habitual verle haciendo juegos de manos, con fruta, un vaso, o lo que tenga a mano.

Lleva una bota de vino, que suele sacar en cualquier momento de descanso.

Yctarán está acostumbrado al trabajo, a asumir las pérdidas siguiendo hacia adelante; es duro, constante, pragmático, despierto, resuelto, voluntarioso, reflexivo, independiente.

Bio:

Años Mozos

Caballero del Dragón

Deja volar tu mente al sur del Valle, a una gran isla a unas quinientas millas de la costa. La Alianza de Darabont se extiende a lo largo de toda la costa sur de esta isla que en tiempos fue gélida pero hoy en día goza de un cálido y apacible clima. En el Golfo de Valant, entre el Bosque de Nuevo Eroditus y el Valle de los Héroes, se alza la orgullosa ciudad fortaleza de Sarik y en ella nació Yctarán, hijo de un sabio de la ciudad y de una joven batidora de los bosques. Los recuerdos de su infancia son confusos, pero sabe que pasó mucho tiempo entre sabios y galenos, poseedor de una salud muy débil. Desde muy niño fue entrenado para formar parte de la Orden del Dragón, un grupo de paladines que existe en el mundo desde el principio de los tiempos y que elige a los suyos según designios misteriosos. Desde el principio la habilidad innata de Yctarán pareció innegable y pronto, con apenas diez años, fue enviado directamente a la Escuela Superior de Rudenmaya. Cuando los adultos le daban la espalda, le daba la impresion de que susurraban sobre él e incluso de que le miraban con cierto temor, pero en cuanto se giraba para mirarles sólo encontraba gestos amables y palabras de apoyo. Allí aprendió las cinco posiciones, las siete formas y los once preceptos, y allí fue entrenado en las tradiciones darabontíes. Su primer amigo fue un joven maeí llamado Urol, al que contagió su entusiasmo. Cuando cumplió los trece años, los Maestres de la Orden le asignaron a un caballero como portalanzas y escudero. Cuando el nombre del caballero al que iba a servir Yctarán se supo, este se quedó blanco y sus compañeros verdes de envidia.

Agaethis era más que una leyenda. Era historia viva, la del hijo de uno de los generales del Dios-Emperador que había renunciado a sus maneras y se había convertido en el Caballero del Dragón más grande de todos los tiempos. Cabalgando a Scorch, el dragón plateado más anciano y astuto de Darabont, Agaethis había luchado contra gambrinos y contra orcos en sus tierras y contra las fuerzas del mal en todo Tarkin. El poderoso y carismático caballero había elegido a Yctarán antes que a Urol, que posiblemente estaba mucho más avanzado, y ello creó una brecha entre ambos amigos.

Los años pasaron. Agaethis era una figura distante y silenciosa, nada emotiva ni dada a demostrar su aprecio hacia nadie ni mucho menos su escudero, pero su enorme magnetismo personal fue suficiente para causar en Yctarán una lealtad y una admiración sin parangón. De él aprendió las maniobras más osadas y las tácticas más complejas, así como el significado del antiguo arte de la guerra.

Una noche, Agaethis se enfundó su armadura dorada, recogió sus armas y sus escudos y reunió a sus pares y a los más fieles de entre sus sirvientes. Sin que nadie haya sabido nunca qué ocurrió, los hombres de Agaethis tomaron una nave y desaparecieron en dirección a Maea y, por descontado, a la leyenda.

Yctarán tuvo que vivir durante meses con aún más susurros que antes y con la sombra de la duda: ¿por qué su maestro había partido sin decirle nada y había dejado su entrenamiento incompleto? Durante largas noches fue incapaz de dormir, quizás sintiéndose vagamente culpable, quizás sospechando diversas razones para la desaparición de Agaethis. Cuando los Maestres le llamaron y le pidieron que viajara hacia Maea en busca de su perdido maestro, sólo quedaba una respuesta posible…

La Libertad de un Guerrero

Yctarán resolvió, tras reflexionar y sobreponerse a una multitud de fuertes y contradictorios sentimientos, que esto significaba, no la interrupción de su entrenamiento, sino su conculsión; el comienzo de un viaje que iba a ser muy largo, probablemente para no volver.

Yctarán no se sintió asustado por el cambio que iba a sufrir su vida. Impropiamente para un chaval de su edad, adoptó una actitud positiva: ver este acontecimiento como una oportunidad de brillar con luz propia, de iniciar un camino que tendría muchas más implicaciones que la “simple” búsqueda de Agaethis. De él había aprendido mucho, sí; era un hombre increíble, sin dudarlo; pero Yctarán no sólo veía a Agaethis como un ejemplo a seguir; también veía en él cosas cosas que deplorar. Yctarán, osado y seguro de sí mismo en esos momentos, miró al frente con la ilusión de convertirse en una leyenda, como Agaethis, o por qué no, morir en el intento, habiendo disfrutado de placeres reservados a unos pocos: descubrir los entresijos de grandes misterios, ser un gran guerrero reconocido, y quizás, aplastar enemigos, segar sus cabezas, y beber en sus cráneos escuchando el lamento de sus mujeres.

Más que cualquier otro pensamiento, predominaba en la mente de Yctarán una idea: acariciar la libertad por primera vez.

Escuela de Combate

La escuela de combate fue el primer sitio donde Yctarán se sintió encajar. Al principio fue duro, por supuesto, ya que Yctarán no se distinguía por ser un matón a esa corta edad, y las relaciones con los compañeros de la escuela eran difíciles y ásperas. Pero la mezcla de cualidades de Yctarán empezó a dar su fruto, sin destacar en nada especial pero consiguiendo pequeñas victorias aquí y allá, y pronto se hizo con un grupito sólido de compañeros con los que se respaldaban mutuamente. Allí, en la escuela de combate, pasó en pocos años de ser el revoltoso e incómodo chaval que revoloteaba por las bibliotecas de su padre, a ser un fuerte y decidido joven, confiado en sí mismo, con el suficiente carisma y buen hacer para que sus compañeros le respetaran.

En ocasiones echaba de menos a su madre. Se preguntaba cómo habría sido crecer junto a ella. Pero no dejaba que esos pensamientos románticos le llevasen demasiado lejos de la realidad, y siempre se concentraba al máximo para el próximo ejercicio de guerra que le esperaba al día siguiente. Una cosa tenía clara: ganar era lo más importante, tanto dentro de la escuela como fuera de ella.

Los años pasaron, y surgieron algunos amigos y enemigos, muchos de ellos efímeros. Los primeros simplemente iban y venían; con los segundos había que lidiar, pero nunca tuvo excesivos inconvenientes en hacer que dejaran de ser un problema. Urol fue un caso especial. El compañerismo y compenetración entre ambos iba desde los juegos de guerra diarios, a los juegos de mesa de estrategia, pasando por las pocas horas de asueto en la cantina, y por los libros de historia militar que leían. Ambos, adelantados a su edad, y siendo Urol unos cinco años mayor que él, se comprendían casi perfectamente en el campo de batalla y fuera de él. La asignación de Yctarán como escudero de Agaethis supuso un cambio repentino, que Yctarán no habría deseado, pero del que tampoco se arrepintió. Urol no supo sobreponerse y aceptar la nueva realidad. Yctarán pensó que no pasaría de allí, pero en un juego de guerra posterior, descubrió que tu mejor amigo también puede convertirse en tu peor enemigo. Urol, junto a parte del grupo de compañeros de Yctarán con los que siempre cooperaban en los juegos de guerra, urdieron una emboscada a Yctarán de la que fue directo a la enfermería, y por suerte nada más. Gracias a que fue un entrenamiento y no una batalla real… Yctarán, de este suceso, que fue desde luego traumático, supo extraer una nueva enseñanza para aplicar a su vida.

Días después, se enteró de que Urol había sido expulsado de la Orden. ¡Expulsado! Sin duda el bastardo se lo merecía, pero no era lo habitual en casos similares acaecidos con anterioridad. Yctarán preguntó a sus superiores sobre esa decisión, pero no obtuvo más respuesta que el hermetismo. En fin, tampoco iba a perder más tiempo con ello. Que se las arreglara fuera de aquí, y ojalá no tuviera que verlo más.

Los meses pasaron, e Yctarán aprendía con cada día que pasaba junto a Agaethis. Movimientos, tácticas personales, táctica y estrategia de equipo… Enseñanzas que Yctarán compartía después con los compañeros de la Escuela. Todo marchaba a buen ritmo, hasta el día que Agaethis se marchó. A Yctarán le había dolido, más que nada, el no haber podido irse con él, sin duda camino a la gloria. ¡Habría sido el deseo de cualquier alumno de la Escuela!

Después, sólo transcurrieron dos meses hasta su último día en la Escuela: el día que le comunicaron que iba a partir, solo, en su busca.

Sinya

Arreglárselas en la inmensidad de Maea no iba a ser fácil. Yctarán, nada más poner pie en el puerto más sureño del Valle, palpó la bolsa con unas cuantas monedas que llevaba bien atada al cinto, e hizo recuento mental de todos los enseres que llevaba encima, y que, por supuesto, eran todo lo que tenía: poco más que una gastada pero resistente armadura, su espada al cinto, su escudo en ristre, un arco y unas cuantas flechas a la espalda, un petate al hombro con todo lo necesario para dormir a la intemperie y viajar a pie lo que sus piernas resistieran, y al cuello el medallón de su madre. Absolutamente nada más. Uno podría pensar que Yctarán también disponía de unos buenos conocimientos de supervivencia a la intemperie, sabía defenderse bien, sabía trabajar en equipo… Sí, pero en estos momentos estaba solo, cualquier enfrentamiento con un grupo de rateros podría resultar demasiado peligroso, aunque fuese enfundado en su armadura pesada, y sus conocimientos de supervivencia no le servirían más que para vivir como un mendigo. Sacudiéndose quizás una cadena de pensamientos como ésta, Yctarán decidió ser muy precavido y no gastar ni una moneda de cobre más de lo necesario; no conocer otro oficio que blandir una espada no iba a ponerle las cosas especialmente fáciles. Estar allí parado no iba a solucionar nada, así que, simplemente, empezó a caminar al frente, dejando atrás el puerto y el mar, y adentrándose en las calles de la ciudad. Lo primero era buscar un lugar donde pasar la noche.

Voluntarioso, Yctarán recorrió de arriba a abajo la ciudad portuaria en busca de alguna pista de Agaethis. Pero no encontró ninguna, así que decidió que lo mejor era viajar lo antes posible a las ciudades más cercanas, hasta encontrar algo. ¡Alguien tendría que haberse percatado de la llegada a la región de un refulgente caballero, cabalgando un dragón gargantuesco, y su séquito! Eso si los Maestres habían acertado con el posible destino de Agaethis… Y bueno, mejor no pensar en la otra posibilidad.

Tras viajar de una ciudad a otra, ver menguar su bolsa de monedas hasta el extremo, y tratar de encontrar sin éxito alguna forma honrada de ganarse la vida, la necesidad hizo que Yctarán buscase cualquier forma de ganar dinero. Quien alquilase los servicios de un hombre de armas no iba a ser trigo limpio, pero al menos intentó descartar las posibilidades más escalofriantes.

Tras realizar varios trabajos de mercenario mal pagados, pero al menos moralmente soportables, llegó aquella noche en la que montaba guardia en un callejón oscuro y hediondo. Su único cometido en aquel trabajito era cubrir este callejón, y reducir a cualquier individuo que tratase de escapar por él (el punto caliente de la misión estaba a unas dos calles de distancia, y como mucho llegaría algún desgraciado que se separase del grupo de contrabandistas a los que iban a ajustar cuentas). Casualidades de la vida, uno de los contrabandistas se escabulló, y fue a parar a su callejón. Yctarán salió de la oscuridad de un dintel justo en el momento en el que pasaba a su lado, para asestarle un buen golpe con el escudo, que lo tiró al suelo. Con un movimiento de espada, no fue difícil poner al contrabandista en situación de rendición definitiva. Justo en ese momento, uno de los matones del grupo de Yctarán asomó a la oscura penumbra del callejón. “¡Ajá, así que aquí está!” dijo el matón, un gordo con un solo diente al que había visto de reojo antes de la refriega. “Vamos, cárgatela.” dijo jadeante, ya casi al lado de ellos. Yctarán, que no se había percatado de que era una chica, la miró un segundo. "¡Vamos!, ¿es que quieres echarlo todo a perder?” dijo el gordo, amenazante con el hacha ensangrentada que llevaba en la mano. Yctarán, con el corazón latiendo a gran velocidad, alzó la espada para asestarle un golpe definitivo… al gordo. El gordo, por su parte, no se había confiado, y detuvo el golpe con el hacha. No fue fácil defenderse de las siguientes acometidas de ese hacha. El gordo sabía luchar, y desde luego no era la primera vez que estaba en una situación como ésa. Yctarán logró a duras penas cubrir la retirada de la chica, que se había levantado y había empezado a correr. A los pocos segundos, con un golpe de escudo en el pecho logró separarse del gordo lo suficiente como para darle la espalda y huir por donde lo había hecho la chica. Sólo esperaba que ese hijo de puta no fuera tan ágil corriendo como con el hacha. Y por suerte, no lo era.

La chica le esperó, y los dos se escondieron hasta pasada la medianoche. Ambos coincidieron en que debían salir esa misma noche de la ciudad para evitar represalias. Yctarán y la muchacha yacieron esa noche en la espesura, tras haber escapado de la ciudad. Fue intenso, y no fue la única vez. Sinya, que así se llamaba la muchacha, sugirió que ambos viajaron a la ciudad de D'Aspem, donde ella tenía algún conocido. Y así lo hicieron. Allí la situación no era muy distinta: los trabajos esporádicos junto a Sinya y a otro compañero regular, un valeroso goliath llamado Beltenebros, no hacían más que reducir el ritmo al que menguaba la bolsa de Yctarán, pero no frenarlo; y el tiempo pasaba. Y allí tampoco había ninguna pista de Agaethis.

Yctarán no quería separarse de aquella chica, que tenía tanto de malo como de bueno, pero que le atraía con fuerza. Sin embargo, debía marcharse. Le ofreció, sabiendo de antemano la respuesta, que fuera con él. Al fin y al cabo ir con él no iba a ser mucho más peligroso. Pero la gente normal siente arraigo por la tierra en la que vive, no como Yctarán. Él, desde pequeño, fue un soldado. Quizás algún día él también sentiría arraigo por la tierra que conquistara. Y con ese pensamiento agridulce abandonó D'Aspem, dirigiéndose hacia el Norte en busca de un golpe de suerte, o de lo contrario la búsqueda de Agaethis podría irse al carajo.

Historias

Suerte o destino. La gente lo llama por uno de esos dos nombres, e Yctarán todavía no sabía cual de ellos utilizar. Durmiendo en aquel establo, le despertaron las pisadas irregulares de un viejo, sin duda aficionado al vino de la región, que se disponía a tumbarse en aquel mismo lugar. El viejo, al percatarse de que el joven se había despertado, le entraron ganas de hablar. “Vaya, ¿encima voy a pasar la noche en vela?” pensó Yctarán. Al rato, medio dormido, asintiendo a la historia que iba contando el viejo, sobre un hombre que había visto en Veda, el corazón le dio un pequeño vuelco cuando el viejo mencionó el nombre de una batalla: “la Batalla del Foso de Hesperia”. ¡Agaethis había participado en esa batalla! Yctarán le preguntó todos los detalles, pero poco más sabía el viejo. Al menos, era algo. Según lo que contó, hacía un año del momento en que lo vio. Bien, al menos alguien lo había visto en este maldito continente; estaba empezando a pensar que la gente de allí era completamente ciega, o que los dragones eran invisibles en aquellas latitudes.

Yctarán partió hacia Veda tan pronto como le fue posible, contando con que era prácticamente un suicidio viajar solo. Allí no encontró a Agaethis, ni ninguna pista directa de dónde podría encontrase ahora. Pero al menos descubrió que se le daba bien el oficio de navatero. Y participó en las escaramuzas contra incursiones de orcos que se produjeron en los siguientes meses. E hizo amigos, con los que compartía buenos ratos entorno a una mesa llena de jarras de vino en la Taberna de Rekkard. Y supo disfrutar de aquellos buenos días.

Quizá la pista del viejo no le había llevado a estar más cerca de encontrar a Agaethis, pero sin duda le había ayudado. Frente a una jarra de vino, más de una vez trató de decidir: “suerte o destino…” pero no llegó a ninguna conclusión. Y es que, a su corta edad, le quedaban todavía muchas pruebas por superar del destino o el azar, como para decidirse.

Notas de Campaña

Veda – El Pueblo de la Taberna de Rekkard

¡Bien! Hemos amasacrado a los goblins que atacaron una granja en Veda y que habían secuestrado a un niño. Hemos vuelto todos, y además los frutos del saqueo son buenos. ¡Las monedas no vienen nada mal, y esta cimitarra encantada parece magnífica!

Sin embargo, descubro que compenetrarse en la lucha junto a un grupo heterogéneo de aventureros, con estilos de combate muy diferentes, y sobre todo con entrenamientos dispares, es más difícil de lo que esperaba. Cerca he estado de no poder contarlo, así que aprovecharé esta segunda oportunidad que me da la vida para reflexionar sobre las tácticas que debemos aplicar en el campo de batalla, para hacer de nosotros un comando más efectivo, como hacía en la Escuela de Combate.

Sin haberlas madurado mucho, y bueno, habiéndonos tomado todos alguna jarra de más, propongo durante la celebración algunos cambios en nuestra forma de combatir. Discutimos sobre ello, pero no llegamos a ninguna conclusión. Espero que podamos mejorar antes de que sea demasiado tarde…

Hitte – La Ciudad Decadente

Esta ciudad es un sitio al que mejor no regresar. Violenta, caótica, prácticamente sin ley, y donde no puedes bajar la guardia ni durmiendo. Al menos hemos dejado nuestra huella cargándonos al bastardo que organizaba peleas de gladiadores contra vagabundos indefensos. Ah, una cosa buena: la Casa mercante Carionni es sin duda un punto de luz en esa ciudad.

Anestaris – La Cruzada Contra los Orcos

Esta ciudad es lo más parecido al paraíso que he conocido. ¿Cómo pueden organizarse tan bien, y gestionar los recursos de forma que hasta nosotros, cruzados venidos de lejos, disponemos de una preciosa y limpísima villa en la que alojarnos?

Fue una suerte encontrar al jefe de las Flechas Astilladas tan desprotegido, y abatirlo. La escama blanca de su dragón queda tan bien en nuestro estandarte… y El Pelotón de las Ánimas es un nombre tan motivador… je, je, je.

Resulta que Urol es el hermano de Arcadia, la joven guerrera que nos reclutó para la Cruzada. Vaya suerte la mía, ¿tengo que encontrarme a la escoria de Darabont tan lejos de allí? Y al parecer, es de la orden de los Diez Medallones.

Savannah la Profetisa entra en shock cuando me toca para predecir mi futuro; "nueve de entre doce"... Esta premonición termina de cambiar mis preocupaciones: seguir la estela de Agaethis se me antoja cada vez más absurdo; sin embargo, la premonición se me antoja tan real, atenazando mi corazón como una garra…

Lo que de verdad me gustaría es poder forjar mi propio destino. La posibilidad de que haya un destino ya escrito para cada uno de nosotros me eriza los pelos. Y por alguna razón, eso me quita las ganas de pertenecer a una orden de caballería.

Zakari, hermana mayor y protectora de Savannah, me explica que existe una leyenda sobre Las Doce Perlas, que hicieron caer al Dios-Emperador. Me entrega otro medallón, como el mío, pero sólo con una perla rellena de las doce.

Franken, a quien llamaban loco en Veda, parece estar relacionado con el misterio de mi medallón; él dijo, si no recuerdo mal, ser el cinco mientras yo soy el nueve.

Hemos matado orcos, muchos orcos; también orogs; hemos visitado catacumbas antiquísimas jamás imaginadas; nos hemos enfrentado a botellas incendiarios, hemos hecho volar la Garra de Lolth justo cuando iba a destruir mágicamente todo un valle… ¡hemos saboreado la gloria!

Para digerir todo eso, nos hemos permitido unas merecidas y bien aprovechadas vacaciones. Y como colofón, Zakari me acosó en su carreta cuando fui a intentar despejar mis dudas sobre el enigma de mi medallón; he de reconocer que no me resistí mucho… Por cierto, me dijo que el medallón que ella me entregó en realidad pertenece a Savannah, ya que lo dejaron junto a ella cuando fue adoptada.

En un breve intercambio de palabras con Urol, me hace saber que ha cambiado, y que el pasado, pasado está.

Me llega un rumor que dice que se ha avistado un dragón con jinete en el norte.

Burnfar y las Estepas del Norte

Más rumores sobre avistamientos de dragones. No creo que tenga nada que ver con Agaethis, pero si lo tuviera, podría estar relativamente cerca de descubrir algo más sobre su paradero e intenciones. Si en algún momento descubriera lo suficiente, quizás tendría la oportunidad de retornar a Darabont, ser reconocido completamente como Caballero del Dragón, y disfrutar de sus privilegios. Sueño con tierras y títulos, soldados a mis órdenes, un lugar estable donde vivir y formar una familia…

De Vuelta a la Rivera del Tindarin

Ha pasado tiempo. Nuestras aventuras nos han llevado a lugares tan extraños como surcar los cielos en un barco embrujado, o atravesar agónicamente una extensión del Pozo de las Sombras sobre Maea. Pero hemos vuelto a la Rivera del Tindarin, un lugar donde uno puede relajarse, descansar y reflexionar.

Caballeros del Pelotón. Así podría llamarse la orden que me gustaría liderar en el futuro. Tomando como base un código de honor, y añadiendo cierto pragmatismo de los grupos mercenarios, podría llegar a tener influencia en Anestaris o Canolia gracias a los aliados que hicimos allí, o incluso en Hitte por nuestra relación con la Casa Carionni. Claro que nada de esto puede hacerse realidad sin antes poseer un título de nobleza y una finca donde ubicar nuestro cuartel general… Seguiré trabajando duro con estos ideales como objetivo.

En cuanto a Agaethis, doy la misión prácticamente por perdida. Llevo tiempo sin conseguir pistas, lo último que sé de él a ciencia cierta es ya muy lejano, y la última pista difusa que tuve es un jinete de dragón rojo que sobrevolaba las cordilleras de Burnfar… y seguramente no sería Agaethis. Sospecho que está metido en algo grande, y que tarde o temprano se sabrá de él, pero poco puedo hacer. Si encuentro más pistas quizá atraigan mi interés, pero mi camino en principio se separa de los Caballeros del Dragón, ya que mis lazos con el Pelotón, Anestaris y Canolia son cada vez más fuertes, y lo demás se me antoja ya tan lejano… De todas formas, tengo que ver qué posibilidades tengo de llevar a buen puerto mis planes. Hasta entonces, trataré de mantener el status quo.

Descanse en paz nuestro pequeño amigo Golan. Se arriesgaba poco, parecía asustado, siempre mirando por encima del hombro como si fuesen a echársele encima… Y quizá tenía razones para tener miedo, pues el destino que le esperaba era aciago. Siempre le recordaremos como uno de los mejores en su profesión.

Tambores de Guerra

La guerra se avecina. Se vive una espiral de violencia que al parecer desencadenará en el ataque de Canolia sobre Anestaris. Las dos ciudades que podemos llamar nuestra casa. Debemos hacer todo lo posible para evitar la contienda, si es que podemos hacer algo. Quizá el secuestro de Savannah, y el asesinato del príncipe de Canolia no han sido perpetrados por miembros de las dos ciudades-estado. Quizá haya poderosos agentes externos interesados en provocar un conflicto…

Como era de esperar, no podemos hacer nada para evitar la guerra. Y por lo que parece, Anestaris tiene todas las de perder, ya que el ejército de Canolia es mucho más numeroso, y Hitte y su horda de mercenarios han decantado la balanza definitivamente hacia el lado de Canolia.

Tras pensarlo bien, decido quedarme a defender Anestaris; no quiero ir del lado atacante, y mis lazos con esta ciudad son mayores que los que tengo con Canolia. Lammar y Beltenebros toman la misma decisión; es bueno saber que les tendré a mi lado en estos momentos tan difíciles. Roc, Frederick y Vekhtor, por el contrario, deciden apoyar a Canolia. Lo entiendo, es una decisión personal, y yo en su situación seguramente haría lo mismo. Nos despedimos de ellos con una celebración, quizá la última que hagamos juntos.

El asedio es largo porque la defensa de Anestaris es más fuerte de lo que todo el mundo esperaba. Finalmente, sin embargo, los acontecimientos se desencadenan de forma vertiginosa. Tras la llegada de refuerzos de Canolia, en un asalto con artillería que permite al gran ejército invasor penetrar en Anestaris, se combate calle por calle, donde caería heróicamente Rynn. Los canólidos entran en el último reducto del palacio real donde se refugia la reina, sin que podamos impedirlo. Luchamos hasta la extenuación contra el Imperator y su dragón, y sorprendentemente conseguimos abatirlo. Pero el palacio está tomado, la reina capturada, el heredero de la Corona asesinado, y debemos rendirnos.

Sospechamos que Cyntia era una traidora, y que por alguna razón mató al heredero de la Corona. Canolia se retira, viendo perjudicados sus intereses por el asesinato, ya que la Reina Clea se ve reforzada en su puesto.

Tras la batalla, permanezco en Anestaris todo lo posible, ayudando en la reconstrucción y entablando una relación con Zakari, pero finalmente tengo que marcharme en busca de fortuna.

Kensei

Guiado por un momento de lucidez del anciano Franken, me dirijo a Malus Mundi para encontrar a un elfo con los ojos rojos que parece estar relacionado con Las Doce Perlas.

Tras investigar un poco, encuentro al elfo de los ojos ensangrentados con facilidad. Se llama Kath, es el jefe de la guardia de la ciudad, conoció a Franken hace años, y tiene otro de los medallones. Según él no hay ninguna profecía al respecto, si no que los medallones son una marca. Tras conversar con él, me ofrece entrenarme en el arte de la espada. Va a ser duro permanecer en esta ciudad demoníaca (literalmente, pues en su plaza mayor hay un portal al Abismo), pero acepto.

Pasa el tiempo, y salvo el duro entrenamiento, la vida en esta ciudad apesta. Quizá un poco afectado por los humos y el hollín que invaden el ambiente, acabo tomando parte en una rebelión contra los demoníacos señores de la ciudad en la que participan algunos compañeros, pero ésta finalmente fracasa. Kath descubre mi implicación, pero muestra connivencia y ni siquiera menciona el tema. Durante la rebelión, salvo la vida de un forjado, Mentesecro, que se convierte en mi inseparable compañero y en mi guía en la peligrosa ciudad.

Más de dos años tras mi llegada a Malus Mundi, y habiendo concluido mi entrenamiento como kensei, abandono la ciudad en dirección a Anestaris, para estar con Zakari una pequeña temporada.

Legionario

De nuevo, sin posibilidades de asentarme en Anestaris, debo partir. Me uno a la Legión de Bronce, junto a mi amigo Mentesecro. Entramos a formar parte de un escuadrón de fuerzas especiales. Las misiones a las que nos asignarán serán altamente peligrosas, pero tenemos buenas posibilidades de progresar rápidamente si las cosas salen bien. Partimos hacia el Oeste, más allá de Burnfar, donde tomamos parte en numerosos conflictos locales entre draconatos.

Nos integramos en una unidad muy móvil llamada los Aguijones, con capacidad de infiltración, basándonos en ataques rápidos y contundentes y retiradas igualmente rápidas. Durante aproximadamente un año, lo más destacable es una importante batalla en la que tomamos parte, tomando grandes riesgos, causando muchas bajas enemigas y luchando bien en un ataque a las tropas de refuerzo que se dirigen al frente. Tras el ataque pasamos aislados muchos días en el desierto. Al regresar al campamento base descubrimos con sorpresa que las cosas han ido mal en este tiempo, y finalmente nuestro bando pierde la contienda.

Vuelvo a Anestaris a reunirme con Zakari, pues me he propuesto hacerlo siempre que me sea posible. Los días que estoy allí son agradables, pero cortos.

El segundo año en la Legión es el más duro, pues nos centramos en una cruenta guerra entre dos ciudades draconatas. La lucha es larga, y tomamos parte en numerosas misiones. Bastantes compañeros pierden la vida, y lamentablemente entre ellos se encuentra Mentesecro.

Aprovechando un receso en las hostilidades, retorno de nuevo a Anestaris, y una vez más mi estancia allí es efímera.

Una vez más en el frente, la guerra entre las dos ciudades se recrudece. Pronto soy ascendido a cabo. En una batalla decisiva, los Legionarios de Bronce conseguimos decantar la balanza a favor de nuestro bando. Especialmente mi unidad, ya que conseguimos infiltrarnos tras las murallas y matar al mejor general enemigo mientras unos compañeros hacían una maniobra de distracción simulando un ataque para tratar de abrir las puertas de la ciudad desde dentro. Luchamos heróicamente contra enemigos que nos superan en número, pero logramos nuestro objetivo y un pequeño grupo de nosotros sale de la ciudad habiendo eliminado a nuestro mayor enemigo. Soy condecorado y ascendido a sargento por esta acción.

Nuestra acción hace que la guerra se incline rápidamente de nuestro lado, y finalmente la ganamos.

Sopesando mi carrera en la organización de mercenarios, habiendo reunido dinero suficiente, y teniendo la confianza de muchos compañeros (algunos me consideran una leyenda), decido retirarme para iniciar un proyecto estable con base en Anestaris: un grupo mercenario dentro de la Legión de Bronce, liderado por mí. Algunos compañeros están dispuestos a seguirme, y comenzamos esta nueva etapa de aventura en la ciudad costera.

Hasta el momento que recibo la carta que me invita al Torneo de la Muerte de Li Pao, pasan veintidós meses en los que actuamos aquí y allá, y vamos saliendo adelante, trabajando en numerosas ocasiones para la propia ciudad. Compro una pequeña pero agradable casa de piedra, y disfruto el tiempo que puedo (que es más que nunca) junto a Zakari. Pienso para mis adentros que quizá un día próximo le pida matrimonio…

Pero antes de eso, me espera el misterioso torneo del que tantos aventureros han oído hablar, pero casi nadie conoce.

Vientos de Cambio

Tiempo ha que no escribo en mi diario. Quizá porque quería ordenar mis ideas sobre todo lo acontecido en los últimos meses. Todo ha ocurrido demasiado rápido, tras ocho años en los que nuestras vidas tomaban una dirección más o menos previsible, en la que cada uno de los integrantes del antiguo Pelotón de las Ánimas teníamos nuestros planes para forjar nuestros destinos. Pero los acontecimientos han dejado ver que los dioses no están dispuestos a que los hombres decidan su futuro. Una vez más, me encuentro navegando en un barco sin conocer su rumbo, sobre un mar que no tiene agua si no un éter en el que es imposible nadar, y bajo un cielo sin estrellas que permitan orientarse. Al menos la tripulación de este barco se compone de jóvenes fuertes, decididos y lo bastante unidos como para aprovechar una oportunidad de llegar a puerto si se les presenta. El Pelotón de las Ánimas es sólo un nombre que quedó atrás, pero el destino nos ha unido de nuevo. Sólo espero que alguno de nuestros enemigos sienta un escalofrío al pensar en ello, pues a pesar de los contratiempos, en todo este tiempo seguimos siendo prácticamente invictos.

[Agaethis caballero de la Muerte]

[El presuntuoso y todopoderoso Elabrin secuestra a Zakari]

[Derrota completa de Agaethis, el Hiperion]

[La Torre Oscura, el oscuro corazón de Elabrin]

[Revelaciones de una druida y un elfo sin alma]

[La sangre de Thadeus Danlor corre por mis venas. En cierto modo soy heredero de su linaje, como un hijo que no conoció a su padre>]

Yctarán de Sarik

Maea: Shadow of the God-Emperor Terracota